lunes, 15 de diciembre de 2014

El encuentro con Jesucristo y las nulidades matrimoniales

Acabo de regresar de un viaje a Tierra Santa, un sueño hecho realidad para cualquier cristiano y especialmente para un sacerdote. Al hilo de este viaje me gustaría compartir con vosotros algunas reflexiones:

En lo que concierne a las nulidades matrimoniales entendidas como el juicio de la Iglesia sobre la validez de un sacramento, la actividad jurisdiccional de la iglesia no puede separarse, evidentemente, de lo que es el centro de su vida y de su misión: la persona de Jesucristo hecho carne en Belén y muerto en la Cruz en el Calvario para la salvación de los hombres.


Viajar a tierra santa siempre es encontrarse con el núcleo de nuestra fe, la persona misma de Jesucristo muerto y resucitado. Él es quien da sentido a toda la actividad en la Iglesia, es su ayuda la que imploran los novios en el momento del matrimonio, y es en su nombre en el cual la Iglesia trata de conocer la validez o no de los sacramentos. Lo que quiero decir es que no se puede entender el servicio que realizan los tribunales eclesiásticos si no hay un verdadero encuentro con Jesús, de lo contrario, como siempre, todo se malinterpreta en función de los esquemas ideológicos del mundo. 

La primera consecuencia es que la actividad de los tribunales eclesiásticos debe ser eminentemente evangelizadora, se nos pide a todos los que estamos ahí que con nuestro ejemplo, demos testimonio de la fe. También que nuestro trabajo sea impregnado del amor a Dios y a los demás del que habla Jesús constantemente en el Evangelio.

La segunda consecuencia es que no se entenderá nunca lo que aquí realizamos si no hay una visión de fe y una experiencia real de encuentro con Jesucristo por parte de quienes acudís a los tribunales. 

Hace unos pocos días el Papa Francisco ha repetido que quiere que en la iglesia sea un hospital de campaña, un lugar donde se curan heridas, esta misión no supera pero es precisamente esto lo que Jesucristo vino a hacer con su encarnación. Como escucharemos este domingo en la primera lectura del profeta Isaías: "el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor."

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