miércoles, 7 de marzo de 2012

Defender la indisolubilidad

El matrimonio es de por sí indisoluble, así que no hay que ayudarlo en esa indisolubilidad que la quiso Dios en el principio, la confirmó Cristo con toda claridad y la Iglesia la defiende aún a costa de mucho sacrificio. Por eso pedir la nulidad del matrimonio es simplemente preguntar a la Iglesia si aquel matrimonio se contrajo válidamente o no y en eso sí hay mucho que hacer. El estudio lo hace la Iglesia, los tribunales eclesiásticos y la sentencia es independiente a la voluntad de los esposos, quieran o no quieran la sentencia se limita a constatar un hecho: El matrimonio fue válido o no lo fue. En este estudio, el proceso de nulidad, hay que hacer todo lo posible para ayudar a los jueces a esclarecer la verdad, esto se hace declarando, aportando pruebas, acudiendo a exámenes psicológicos, si se piden, o señalando posibles testigos de lo que sucedió en el noviazgo/matrimonio. Sí, hay en los cánones una figura definida con el encargo de velar por la validez del matrimonio, se llama Defensor del Vínculo: Él está presente en la causa desde el principio, a él se le comunican todos los actos procesales, él propone testigos, aporta cuestionarios, señala lo que considere oportuno respecto a las declaraciones, las pericias o los escritos de las otras partes, e incluso, en ocasiones, habla con los demandados en busca de personas que pudieran complementar los testigos presentados por aquel que busca la nulidad de su matrimonio. Sus aportaciones, lógicamente, son tenidas en cuenta muy seriamente a la hora de dictar sentencia.

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