viernes, 27 de febrero de 2015

¿Qué hacemos con Enrique VIII?

Cardenal George Pell
26 de febrero de 2015

Curiosamente, la estricta enseñanza de Jesús sobre "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" (Mt 19, 6) sigue poco después de su insistencia a Pedro sobre la necesidad del perdón (ver Mt 18: 21-35).

Es cierto que Jesús no condenó a la mujer adúltera que fue amenazado de muerte por lapidación, pero tampoco le dijo que siguiera es ese trabajo tan bueno,  y que continuara sin ningún cambio en su vida. Él le dijo que no volviera a pecar más (ver Jn 8: 1-11).


Una barrera insuperable para aquellos que defienden una nueva disciplina doctrinal y pastoral para la recepción de la Sagrada Comunión es la unanimidad casi total en dos mil años de historia católica sobre este punto. Es cierto que los ortodoxos tienen una larga y diferente tradición, impuesta a ellos originalmente por sus emperadores bizantinos, pero esto nunca ha sido la práctica católica.

Alguno podría afirmar que la disciplina penitencial en los primeros siglos antes del Concilio de Nicea era demasiado estricta cuando discutían si los culpables de asesinato, adulterio, apostasía podrían reconciliarse con la Iglesia a sus comunidades locales y eso sólo una vez, no en todas las ocasiones. Ellos siempre reconocieron que Dios podía perdonar, incluso cuando la capacidad de la Iglesia para readmitir a los pecadores a la comunidad era limitada.

Esta severidad era la norma en el momento en el que la Iglesia se estaba expandiendo en número, a pesar de la persecución. No pueden seguir siendo ignoradas las enseñanzas del Concilio de Trento o las de San Juan Pablo II o el papa Benedicto XVI sobre el matrimonio. ¿Acaso fueron las decisiones que conllevaron el divorcio de Enrique VIII totalmente innecesarias?

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